Cómo tomar decisiones cuando tienes miedo a equivocarte

Cómo tomar decisiones cuando tienes miedo a equivocarte

Hay decisiones que se toman casi sin pensar. Decides qué vas a comer, qué camino coger para ir a algún sitio o si te apetece quedar esta tarde o no. No les das demasiadas vueltas y, si luego no salen perfectas, tampoco pasa nada.

El problema aparece con otro tipo de decisiones. Esas que afectan a algo importante de tu vida: un trabajo que ya no te convence, una relación que no sabes si continuar, una oportunidad que implica cambiar de rumbo. En esos casos ocurre algo bastante común. Empiezas a pensarlo con calma… y cuanto más lo piensas, menos claro lo ves.

Lo que al principio era una decisión concreta acaba convertido en un asunto enorme. Analizas todas las opciones posibles, imaginas lo que podría salir mal en cada una, revisas mil veces los pros y los contras, hablas con amigos, con familia, con cualquiera que esté dispuesto a darte su opinión. Y aun así, pasan los días —a veces los meses— y sigues exactamente en el mismo punto.

Desde fuera puede parecer indecisión. Desde dentro se siente más bien como estar atrapado en un bucle.

Lo curioso es que muchas personas interpretan ese bloqueo de una manera equivocada. Creen que no consiguen decidir porque todavía no tienen suficiente información o porque no han pensado lo suficiente el asunto. Así que la estrategia parece evidente: pensar un poco más.

Pero la experiencia —y también la psicología de la toma de decisiones— suele mostrar otra cosa.

En la mayoría de los casos el problema no es que falte información. El problema es que estamos intentando tomar una decisión sin aceptar el riesgo que cualquier decisión implica.

Dicho de otra manera: estamos buscando una opción que garantice que no nos vamos a equivocar.

Y ese tipo de decisión, por desgracia, no existe.

Cuando una elección es importante siempre hay algo que se pone en juego. Puede ser estabilidad, dinero, tiempo, una relación, una parte de la identidad que has construido durante años. Cambiar implica dejar algo atrás, y el cerebro humano no es especialmente amigo de renunciar a lo que ya tiene.

De hecho, uno de los sesgos más estudiados en psicología es la llamada aversión a la pérdida. En términos sencillos significa que, para nuestra mente, perder algo suele pesar más que la posibilidad de ganar algo nuevo. Por eso muchas personas permanecen durante mucho tiempo en situaciones que ya no les convencen del todo. No porque sean ideales, sino porque resultan conocidas.

Y lo conocido siempre parece más seguro que lo desconocido.

Si observas con calma cómo funciona ese proceso interno, verás que la mente intenta protegerte de la incertidumbre de una forma bastante peculiar: multiplicando los escenarios posibles. Empieza a preguntarse qué pasaría si eliges una opción, luego qué pasaría si eliges la otra, después imagina las consecuencias de cada una, y al final termina construyendo un gazpacho mental tan complejo que ninguna alternativa parece lo suficientemente buena.

En ese punto mucha gente se queda esperando algo muy concreto: claridad absoluta.

Se imagina que, si piensa lo suficiente el asunto, llegará un momento en el que una opción se verá claramente correcta y la otra claramente equivocada. Como si la decisión correcta tuviera que venir acompañada de una señal divina, una palmadita en la espalda de San Pedro y una campanita diciendo: “muy bien, campeón, esta es la buena, adelante sin miedo”.

Pero no funciona así.

Las decisiones importantes rara vez llegan envueltas en una certeza impecable. Lo más normal es que aparezcan acompañadas de una mezcla bastante humana de intuición, dudas y una cierta incomodidad que te hace tener ganas de tirarte de los pelos. No porque la decisión sea mala, sino porque decidir implica algo que no se puede evitar: elegir un camino significa dejar otros atrás, y esa renuncia pesa un huevo.

Aquí es donde suele aparecer el punto que desbloquea muchas decisiones. No tiene que ver con pensar más ni con encontrar la opción perfecta, sino con cambiar la pregunta que te estás haciendo.

En lugar de preguntarte cuál es la decisión que garantiza no equivocarte —una pregunta imposible de responder— empiezas a plantearte algo mucho más honesto: qué es lo que de verdad quieres hacer y qué es lo que necesitas hacer, aunque duela.

La diferencia entre ambas preguntas es enorme. La primera busca una seguridad que no existe. La segunda entiende que la vida es incertidumbre y que cada decisión que tomes implica un riesgo del que tienes que responsabilizarte.

A partir de ahí ocurre algo curioso. Lo que antes parecía una decisión imposible empieza a ordenarse un poco más. No porque desaparezca el miedo, sino porque dejas de exigirle a la decisión algo que ninguna decisión puede darte: la garantía de que todo saldrá exactamente como esperas.

En ese momento el bloqueo pierde bastante fuerza.

Porque al final muchas personas descubren algo importante después de mucho tiempo calentándose la cabeza: quedarse exactamente donde estás también es una decisión, y no siempre la más neutra ni la más segura.

Lo que suele pasar es que pospones la decisión porque te da miedo equivocarte. Y mientras tanto el malestar se va acumulando. La situación no mejora, el desgaste crece y llega un punto crítico en el que ese desgaste termina siendo mayor que el miedo y ahí, por dolor, decides.

Pero para llegar a ese punto normalmente has tenido que atravesar unos cuantos infiernos por el camino.

Por eso, cuando decides moverte antes de llegar ahí —aunque te dé vértigo— en realidad te estás evitando ese paseo por el Averno.

Porque hay algo que conviene tener claro: es mucho mejor tomar una decisión tú, aunque te equivoques, que esperar a que la vida te empuje, porque cuando ella toma partido, agárrate que vienen curvas.

PATRICIA HERNÁNDEZ

Psicóloga experta en umbrales críticos.

Trabajo con personas que están atravesando una Crisis real: de pareja, rupturas que no logran superar, colapsos profesionales, decisiones que no admiten más demora, duelos que descolocan la identidad, momentos en los que la vida empuja a cambiar sí o sí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

MASTERCLASS GRATIS

Cuando hacer lo correcto no funciona:
Aprende por qué tu vida sigue bloqueada y qué necesitas hacer para que las cosas cambien.

Una masterclass donde aprenderás a detectar el patrón invisible que dirige muchas de tus decisiones. Entenderás por qué seguir esforzándote no siempre funciona y verás qué tipo de cambios necesitas para transformar tus resultados.