No sé qué me pasa. Estoy rara.

No sé qué me pasa. Estoy rara.

Hay momentos en la vida en los que uno empieza a sentirse raro sin tener muy claro por qué. No ha pasado nada espectacular, no ha estallado ninguna tragedia digna de serie de Netflix ni has tomado una decisión catastrófica que lo explique todo.

Si haces el repaso rápido de tu vida, sobre el papel todo parece bastante correcto. Trabajas, cumples con lo que toca, tu vida más o menos funciona y, sin embargo, algo dentro de ti se ha desajustado.

Te notas más irritable, más triste de lo habitual y con esa sensación incómoda de estar un poco fuera de tu propia vida, como si te hubieran cambiado el guion sin avisar y tú te hubieras quedado con el papel en blanco, mirando alrededor como diciendo: perdona… ¿alguien sabe qué hay que hacer ahora?

Lo más desconcertante de ese momento no es sentirse mal. Lo realmente desesperante es no entender por qué te sientes mal.

Si tu vida se hubiera ido al carajo de forma espectacular —te despiden, rompes con tu pareja, se derrumba algo importante— al menos tendrías una explicación. Podrías decir: “vale, estoy hecho polvo por esto”. Tiene sentido.

Pero cuando todo parece seguir más o menos en pie y tú estás raro por dentro, la cosa se vuelve mucho más confusa. Porque entonces empiezas a discutir contigo mismo. Te dices que no deberías estar así, que tu vida no está tan mal, que hay gente con problemas mucho más serios.

Y ahí empieza una pelea bastante absurda: tú sintiéndote mal… y tú mismo intentando convencerte de que en realidad no tienes motivos para sentirte mal.

A partir de ahí mucha gente empieza a buscar explicaciones en todas partes. Se revisa el trabajo, la relación, el cansancio, la edad, el estrés… cualquier cosa que encaje más o menos con lo que está sintiendo. Pero la sensación sigue ahí, como una piedrecita en el zapato que no es lo suficientemente grande como para pararte, pero sí lo bastante molesta como para recordarte cada dos pasos que algo no va del todo bien.

Lo que suele pasar desapercibido en ese momento es que muchas veces el cuerpo se da cuenta de que algo ha cambiado antes de que la cabeza sea capaz de entenderlo.

Primero aparece la sensación.
Luego, bastante después, llega la explicación.

Por eso ese estado resulta tan desconcertante. Porque todavía no sabes qué pieza de tu vida es la que se ha movido de sitio, pero hay una parte de ti que ya ha detectado que algo ha cambiado.

A veces es un trabajo que hace tiempo dejó de motivarte, aunque durante años haya sido “lo correcto”. Otras veces es una relación que empieza a sentirse más pesada que nutritiva.

Y en muchas ocasiones es algo mucho más difícil de detectar, y es que la forma en la que has estado viviendo hasta ahora ya no encaja del todo con la persona en la que te estás convirtiendo.

Eso no significa que tu vida esté mal ni que todo lo que has construido hasta ahora haya sido un error. Significa que estás cambiando y que por desgracia, nadie te enseña qué hacer cuando eso ocurre. Por eso te sientes tan perdido.

Te enseñan a tomar decisiones importantes: qué estudiar, dónde trabajar, con quién construir una vida. Pero nadie te explica qué pasa cuando, años después, una parte de ti empieza a cuestionarlo todo en silencio.

Y aquí hay algo importante que muchas personas pasan por alto: las personas no somos estatuas. Estamos en continuo movimiento. Seas consciente o no, conforme pasa el tiempo y vas acumulando experiencias, conversaciones, decepciones, aprendizajes y también alegrías, te vas convirtiendo en una persona diferente.

De hecho, incluso a nivel biológico ocurre algo parecido. ¿Sabías que las células de tu piel se renuevan aproximadamente cada 28 días, y que el líquido cefalorraquídeo se renueva varias veces al día? Solo con estos datos ya puedes hacerte una idea de algo bastante evidente. Tu propio cuerpo cambia constantemente. No eres la misma persona que hace un año, ni física, ni mental, ni emocionalmente. Cuanto menos vas a ser la misma persona de hace diez años.

Por eso no debería sorprender tanto que, en algún momento, empieces a mirar tu vida y sientas que algunas piezas ya no encajan del todo.

No es agradable, porque a nadie le entusiasma caminar sin tener muy claro a dónde va ni qué está pasando. Pero por otro lado, también es el momento en el que muchas personas empiezan por primera vez a mirarse la vida con un poco más de honestidad.

Y aquí viene algo que suele sorprender a mucha gente cuando lo entiende: haber hecho todo “bien” no garantiza que estés viviendo la vida que realmente necesitas. Puedes haber seguido todas las instrucciones, haber cumplido con lo que se esperaba de ti, haber tomado decisiones razonables… y aun así sentir que algo no termina de encajar.

Porque la vida no funciona como un examen en el que marcas todas las respuestas correctas y automáticamente obtienes paz interior.

Y ese momento incómodo, ese en el que el traje empieza a apretar y ya no puedes fingir que te queda bien, suele ser también el momento en el que la vida empieza a sacarte a patadas de donde ya no puedes estar.

PATRICIA HERNÁNDEZ

Psicóloga experta en umbrales críticos.

Trabajo con personas que están atravesando una Crisis real: de pareja, rupturas que no logran superar, colapsos profesionales, decisiones que no admiten más demora, duelos que descolocan la identidad, momentos en los que la vida empuja a cambiar sí o sí.

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